Nadie podrìa sospechar que tras los muros de esa casona vivìa un mundo diferente y ùnico.

A veces, cuando regresaba de correr y era sàbado, estaban las chicas en su mayorìa tomando el sol.

Venìa a mi cabeza entonces la imagen de un cementerio de carros en desuso.

Chatarras.

A medida que ingresaba y me reencontraba con el verde maravilloso del jardìn y la higuera, las miraba una a una.

Era tan sorprendente descubrir que tras la apariencia cuidada o descuidada de cada una de ellas se escondìa un misterio.

Una vida rica en experiencias.

Muchas de ellas eran señoras de su casa, bien casadas con hijos grandes que se habìan iniciado ya mayores en cocaìna.

Nada màs lejos que esa abuela que contaba ilusionada la boda de su hija, mientras tejìa ropita de bebe y asociarla con la sordidez del submundo de las drogas.

Era una señora muy digna aquella que una noche aciaga su marido la inicio en el consumo de cocaìna en la fiesta de un club exclusivo.

No pudo imaginar que solo una jalada e despertaría en ella una voracidad tal que la llevarìa a las calles de madrugada en pos de màs drogas.

Sus hijas la habìan internado cuando se enteraron que sus padres se habìan separado luego de un matrimonio de 35 años y ella volcó su soledad en su autodestrucciòn.

La soledad era el rasgo de todas nosotras.

Las habìa quienes recibìan visita cada fin de semana y era una fiesta familiar.

Otras como Ania eran visitadas esporadicamente por sus padres desde España y continuamente por una pareja de amigos que velaba por su bienestar.

Luego ella misma me contò que el hombre habìa sido un policia echado de su propia instituciòn por drogas y robo y habìa purgado càrcel en el Cuzco por la misma època que Ania. Su esposa era asistente social y como tal visitaba a los presos y asì se habìan conocido y enamorado.

Ambos eran amigos leales y ex policìa habìa dejado el consumo de alcohol y drogas y se dedicaba a hacer taxi.