Nunca imaginamos el espanto que se instaló en cada casa en ese momento.

Desbordó los pensamientos más avezados del horror.

No sabíamos jugar con las pesadillas.

 

Nosotros creabamos belleza.

La cantábamos y la invocamos día a día desde entonces hasta esta madrugada.

No se borrará jamás el recuerdo, sin embargo.

 

Cuando crecimos ante el miedo y nos hicimos mayores de dolores.

Cuando curamos algunas heridas.

Nos juramos nos repetir más  el escarnio de inocentes.

Su intercambio por los verdaderos culpables.

La liberación de los peligrosos autores de maldad.

Aquellos que ahora pasean su culpa sin disimulo.

Somos todos responsables de lo bello y sus cantos.

Somos también culpables por no ver más allá que nuestros simples sueños.

Por esa sencilla e inocente ingenuidad.