El desencuentro con los chinos que nos negaron con su indiferencia oriental fue imperdonable.
Nadie más habló sobre ellos.
Ni una sola mención.
El Wony pasó a formar parte de los recuerdos sagrados .
Un santuario que perdura por siempre en nuestras almas.
Y dimos inicio a una etapa nueva.
Más peligrosa por tratarse de la situación política.
Deliciosa por trasgresora.
Nos lanzamos a tomar la calle Quilca por asalto.
Y fue en al aire libre con las primeras horas de la noche que se iniciaban los primeros conciertos.
Los recitales.
Pudimos ganar público nuevo y distinto a la poesía, el teatro y la música. Traseúntes indiferentes.
Oficinistas que pasaban y se detenian a ver un grupo de locos que cantaban a viva voz.
Supimos robar luz de los focos para instalar los equipos de música.
Y quitarnos como último ropaje que aún quedaba el pudor.
Al poco tiempo, nadie más supo de los otros.
Luego vimos las noticias.

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